lunes, 30 de abril de 2012

Aprender de la historia para entender el desarrollo sostenible


Por: Pablo Fernandez S. Uno de los principales aportes de la historia es la oportunidad que nos brinda para aprender de los errores del pasado. Desgraciadamente, el ser humano a veces no tiene intenciones de modificar comportamientos adquiridos que pongan en peligro su forma de vida y menosprecia sus propias erudiciones. En este sentido, su inter relación con el medio ambiente es una muestra clara de este proceder, privilegiando siempre la calidad de vida por encima de costumbres amigables con el entorno, que exige imperiosamente una nueva actitud frente al calentamiento global.

Aprender de las catástrofes naturales provocadas por el Hombre es el primer paso para modificar nuestras costumbres, algo que a la vista parece ser bastante complejo. Para entenderlo, es necesario acentuar que existe una percepción equivocada generalizada respecto a la amplitud de una catástrofe industrial o tecnológica ligada a una cuantificación tergiversada. El impacto que tienen estas sobre el medio ambiente se mide comúnmente en base a su extensión o espectacularidad, a pesar de que cada una es diferente en su causa y en su efecto, un error que aún no se ha podido corregir. En consecuencia el resultado final es el mismo: el medio absorberá el impacto y se reconstituirá a si mismo o, en el peor de los casos para nosotros, será nuestra responsabilidad hacerlo.

De manera incorrecta los desastres causados por el Hombre siguen siendo objeto de valoraciones subjetivas que impiden desarrollar una sensibilización ambiental oportuna y eficaz para influir positivamente en nuestro accionar. Esta falta de sentido común a veces no solo no ayuda a mitigar los efectos de una catástrofe sino que además agrava su impacto. Un accidente industrial por ejemplo, puede provocar un enorme perjuicio económico cuantificable en infraestructura, pero puede además afectar indefinidamente el aire, el suelo, el agua y los ecosistemas de una región, como el caso de las catástrofes nucleares de Tchernobyl (1986) y Fukushima (2011). Estos serán igualmente elementos de consideración, que deberían incluirse metódicamente en el valor potencial de impacto en el entorno, de modo que las acciones a nivel de sensibilización ambiental posteriores sean acordes a su efecto.

Sin embargo, el problema de la estimación precisa de una catástrofe industrial considerando el efecto social (shock psicológico, traumatismos, angustia), las pérdidas humanas, la pérdida de biomasa y la alteración del equilibrio de la flora y fauna de la zona crítica, sigue siendo subjetiva. Este razonamiento se encuentra estrechamente ligado a la sensibilidad humana que varía según la manera en que se perciba una catástrofe, consideremos un accidente nuclear (Three Mile Island), un accidente químico (Seveso en Italia en 1976, Bhopal en India en 1984) o un vertido de petróleo (Exxon Valdez en 1989 y Erika en 1999). En este contexto, la mediatización de estos accidentes ha incidido ampliamente en las lecciones aprendidas. Mientras que para nadie resulta desconocido el nombre de los cargueros Exxon Valdez y Erika involucrados en dos horrores ecológicos, pocos recuerdan aquellos ligados al Sea Star (1972), al Odyssey (1988), al ABT Summer (1991), al Atlantic Empress (1979) o al Jakob Maersk (1975).

Es evidente que las catástrofes delimitadas a un espacio reducido son más fáciles de mediatizar y aquellas que impactan en la opinión pública no son necesariamente las de mayor impacto socio-ambiental. Basta considerar la explosión del Challenger en 1986 contra el derrame de cianuro de Aurul en el año 2000 por citar solo un ejemplo. Algunos desastres son visibles, otros sutiles y otros son calificados a veces como bombas de tiempo, por lo que no todos son tomados en cuenta con la seriedad que implica cada caso. La calificación de un desastre natural entonces no es un tema menor, y de allí se entiende que aún genere diferencias entre los expertos ambientales pese a que es un elemento absolutamente necesario para reforzar el concepto de desarrollo sostenible. La escala de valoración común que se extiende desde accidente, desastre, hasta catástrofe, provoca un efecto distinto en la percepción general de una sociedad y en la toma de decisiones ulteriores. Por ese motivo es tan importante entender la amplitud de un desastre a partir de nuestro pasado.  

La historia es la base del desarrollo sostenible. Una mejor comprensión de los desastres industriales provocados por el Hombre permite reforzar la legislación ambiental y actuar en consecuencia para mejorar la gestión de la actividades susceptibles de provocar impactos en el medio ambiente. Aprender de la historia permite desarrollar mecanismos más eficaces de prevención, intervención y adecuación, pero además permite formar, sensibilizar y educar al conjunto de la sociedad. Las catástrofes sirven a menudo para poner en tela de juicio los modelos de desarrollo, y esto definitivamente no puede ser desaprovechado.

martes, 24 de abril de 2012

La Amazonia en jaque


Por: Pablo Fernandez S. La Amazonia ha sido considerada desde siempre como uno de los tesoros naturales más importantes del planeta. Gracias a su extraordinaria biodiversidad fue declarada en 2011 como una de las siete maravillas naturales del mundo y orgullo de América del Sur, junto a las Cataratas del Iguazú. No es para menos, esta formidable selva constituye el bosque tropical más extenso de la Tierra, con más de 6 millones de km2 repartidos entre 8 países de Sudamérica, de los cuáles, Brasil y Perú poseen la mayor parte de su extensión y por ende una mayor responsabilidad de cara a su protección y explotación.

Sin embargo a pesar de la admiración mundial las cosas no han sido fáciles para la Amazonia. Numerosas actividades económicas han contribuido al rápido crecimiento de la deforestación, destinando tierras con fines ganaderos y para el cultivo de soja principalmente. No obstante, sin tomar en cuenta el desequilibrio demográfico y los conflictos entre terratenientes y campesinos por el control de las tierras, el mayor problema que asoma otrora es el uso del caudal de los ríos tributarios del Amazonas para la producción de electricidad. En este contexto, Bolivia, Brasil, Ecuador y Perú han dirigido su mirada hacia caudaloso río para construir nuevas represas hidroeléctricas como parte de una estrategia energética dirigida a suplir el aumento de la demanda interna.

Según una investigación reciente del CIEL en Washington D.C. (Centro para la Legislación Ambiental en Internacional en español) actualmente existen más de 150 proyectos de embalse en carpeta, que podrían afectar seriamente la conexión geográfica y el flujo de los ríos que bajan desde los Andes y alimentan el río Amazonas. De acuerdo a este informe, casi la mitad de estas iniciativas se encuentran en proceso de construcción, primordialmente en seis grandes ríos tributarios del Amazonas (Marañon, Napo y Caquetá entre otros).

Lo más preocupante es que el tamaño de las represas previstas se ajustan al calificativo de "Mega represas" (superior a 100 MW) lo que provocaría un impacto ambiental significativo, en una zona de frágil equilibrio ecológico. Hay que recordar que desde las montañas andinas bajan la mayoría de los sedimentos y nutrientes orgánicos que sirven para alimentar el ecosistema amazónico y a las especies de peces de importancia económica que allí habitan. La construcción de una represa hidroeléctrica produce perturbaciones en el recurso hídrico, edáfico, forestal, atmosférico, faunístico y florístico, lo que implica un gran compromiso de cara a compensar el impacto.

Estos planes reflejan además otro problema esta vez de índole participativo. Si bien desde antaño se han intentado llevar a cabo políticas de integración económica regionales en el subcontinente, el fracaso de estrategias conjuntas de desarrollo ha impedido la unión política necesaria para encarar proyectos comunes con sinergia, fundamental para alcanzar el éxito. En esta línea, los proyectos hidroeléctricos se siguen evaluando y planificando en forma individual sin tener en cuenta objetivos transnacionales, sobre un espacio compartido. Esto queda de manifiesto al no existir grandes obras comunes y al decantamiento por la construcción de mega represas de alto impacto, por encima de represas de menor tamaño que no modifican gravemente el flujo de los ríos tributarios del Amazonas.

Tristemente, la falta del diálogo y pragmatismo económico caracterizan la forma de concebir el desarrollo en Sudamérica. La Amazonia es un todo y no puede ser vista como partes individuales sin relación alguna. Los planes estratégicos de los gobiernos implicados no consideran el posible impacto que estas construcciones podrían generan en una zona que posee un equilibrio ecológico que se remonta a millones de años. La Amazonia y su río no deberían amenazarse por intereses particulares, sobre todo cuando su preservación es tan importante para el mundo.

jueves, 19 de abril de 2012

La gestión de residuos como fuente de beneficios


Por: Pablo Fernandez S. Uno de los mayores dolores de cabeza de la gestión ambiental es el manejo correcto de los residuos, algo esencial sobre todo en grandes empresas de manufactura o de extracción. En la mayoría de los casos esta labor representa costos negativos para la empresa y la gestión de residuos es a menudo considerada como una piedra en el zapato, un precio a pagar lógico de acuerdo a la actividad que se lleve a cabo.

La pregunta trascendental en este apartado de la Gestión Ambiental es ¿cómo incrementar la productividad reduciendo el impacto ambiental a través de la gestión de residuos?. Nada simple, si consideramos que las herramientas para lograrlo a través de prácticas comunes no nos dejan conformes regularmente. En este contexto, la buena noticia es que el Comité ISO acaba de redactar recientemente una nueva Norma para lograr que la gestión de desechos se convierta en un verdadero beneficio económico y ambiental.

Según ISO, las nuevas normas que vienen al rescate en este tema tienen el objetivo específico de ayudar a que los costos de la empresa relacionados con la gestión de residuos y emisiones puedan ser un catalizador del rendimiento ambiental. Específicamente, la Norma ISO 14051:2011 "Environmental Management - Material flor cost accounting - General framework" ayuda a las organizaciones a comprender mejor las consecuencias ambientales y financieras de sus prácticas energéticas, de forma que puedan identificar oportunidades para mejorar el rendimiento.

Elementalmente, esta Norma establece un método de manejo de información llamado MFCA (Material Flow Cost Accounting) el cual puede ser utilizado para rastrear y cuantificar el flujo de almacenamiento,  entrada y salida de materiales en una organización. Con herramientas de simple aplicación, el sistema ayuda a identificar prácticas de uso energético y gestión de materiales, traduciéndolas en término de costos. Esta información puede ser luego aplicada para reducir pérdidas e incrementar las ganancias.

Según Katsuhiko Kokubu (miembro del grupo de trabajo que desarrollo la Norma) "muchas organizaciones no conocen la amplitud del costo que significan sus pérdidas materiales porque estos datos son a menudo difíciles de extraer de cuentas de información convencionales y Sistemas de gestión ambiental. Por el contrario el método MFCA “produce información precisa y clara que puede motivar a los gestores a mejorar la productividad de los materiales utilizados y reducir significativamente los residuos innecesarios de forma más efectiva que a través de medios convencionales".

Otro punto positivo es que el método MFCA es aplicable a todas las industrias, incluyendo empresas extractivas, de manufactura, servicios, entre otras, y puede ser implementado por organizaciones de cualquier tamaño y escala, con o sin Sistemas de gestión ambiental implementados, tanto en países en vías de desarrollo como en países industrializados.

Finalmente, de acuerdo a Kokubu "lo importante es que no solo las organizaciones incrementan sus beneficios sino que además mejoran su performance ambiental contribuyendo al desarrollo sostenible". De esta manera el método MFCA se convierte en otra herramienta vital de la gestión ambiental y muy simple de implementar debido a su diseño.


jueves, 12 de abril de 2012

Cinco preguntas para saber si somos consumidores responsables


Por: Pablo Fernandez S. Uno de los aportes más importantes que podemos hacer como individuos para mejorar la calidad ambiental es limitar nuestro consumo. ¿Porqué? simplemente porque la raíz de los problemas ambientales es el consumo desmedido de energía, recursos naturales y alimentos. Desde hace algunos años sabemos a ciencia cierta que el entorno natural es capaz de soportar un pico máximo de actividades humanas y un pico máximo de desechos. Cuando se traspasan esos límites el impacto ambiental es negativo y entonces aparecen los problemas.

Por ello, el medio ambiente dejó de ser una temática de interés menor para convertirse en parte fundamental de nuestras vidas, queramos o no, ya que forma parte de nuestra calidad de vida. En efecto, la estabilidad laboral, el ingreso económico, la cobertura de salud y el acceso a la educación están intrínsecamente ligados entre si y con el ambiente. Es por eso que nuestro rol en cada una de estas variables repercutirá tarde o temprano en nuestro entorno ambiental, individual y colectivo.

Entender que todos podemos actuar en consecuencia y contribuir a disminuir el impacto ambiental negativo es una obligación, evaluando nuestro compromiso y juzgando nuestras acciones en una suerte de “dime cuanto consumes y te diré quién eres”. Las siguientes cinco preguntas pueden ayudarnos a saber si colaboramos con el ambiente, o más bien, si somos parte del problema.

1) ¿Cuánta energía consumimos?

La primera pregunta de todas tiene que ver con la energía que consumimos en nuestro hogar: ¿Conocemos con certeza cuanto gas y electricidad utilizamos? ¿o solo nos interesamos por el valor del recibo al final de cada mes?. Consumir eficientemente puede disminuir cuantiosamente nuestra factura mensual además de colaborar como ciudadanos responsables. Apagar televisores, dvd, juegos de video, ventiladores, cocinas o estufas cuando no las necesitemos es lógico, pero la mayoría de las personas no lo hace. De igual modo, reemplazar bombillas o focos tradicionales por bombillas fluorescentes de bajo consumo puede diminuir nuestro consumo eléctrico para iluminación entre un 50% y un 80%, además de ser mucho más duraderas.

Dato: desconectar los aparatos eléctricos del tomacorriente puede ahorrar hasta un 10% del consumo promedio energético general de una casa.

2) ¿Cuál es nuestro medio de transporte cotidiano?

El automóvil brinda comodidad e independencia pero ¿es realmente imprescindible para trasladarnos a nuestro trabajo? Utilizar transportes en común disminuye nuestra emisión de CO2 y contribuye a aligerar el tránsito limitando la contaminación ambiental. Si tenemos en cuenta que los motores de gasolina emiten entre 2 y 2,3 kg de CO2 por cada litro de gasolina carburado mientras que los motores diésel producen unos 2,6 kg de CO2 por cada litro, para un trayecto de 10 km podemos disminuir nuestras emisiones hasta en 40 kg de CO2 por día.

Dato: al menos uno de cada dos automovilistas en el mundo viaja solo. Compartir el automóvil con otros compañeros de trabajo es una buena opción para fomentar el transporte responsable en las empresas.

3) ¿Cuál es nuestra actitud frente al consumo de alimentos?

Cuando vamos al supermercado tenemos tendencia a comprar no lo necesario sino lo que creemos necesario. Comprar de más puede provocar que nuestros alimentos frescos se arruinen y debamos desecharlos por lo que revisar las fechas de vencimiento es imprescindible para evitar el desperdicio. Es importante entender también que nuestros hábitos de consumo van a repercutir siempre en la “demanda general”, por lo que comprar de más puede traducirse también en un aumento de precios, ya que el equilibrio oferta-demanda es muy inestable. De igual manera, escoger productos que respeten el medio ambiente (normalmente etiquetados como tal) es una práctica valedera para un consumo responsable (existen numerosas empresas que llevan adelante prácticas de gestión ambiental para reducir su impacto global y el de sus productos).

Dato: Los productos eco-friendly tienen etiquetas visibles que los identifican. En Alemania es el “ángel azul”, “NF” en Francia, el “cisne blanco” en Dinamarca, “AENOR” en España.

4) ¿Cuánta agua consumimos?

Desde que tenemos acceso al agua en nuestros hogares su consumo se ha potenciado y el derroche de agua es un problema grave en zonas de baja reserva hídrica. Para tomar conciencia de ello basta solo citar algunas cifras de consumo: cepillado de dientes con grifo abierto 7 litros, ducha diaria de 5 min entre 50 y 80 litros, uso del inodoro entre 8 y 15 litros, fregado de platos con el grifo abierto 100 litros, etc. Cambiar nuestros hábitos cotidianos irresponsables puede repercutir positivamente en nuestro bolsillo.

Dato: El goteo de un grifo en un día puede desperdiciar hasta 30 litros en un día.

5) ¿Qué hacemos con nuestros residuos?

La producción de residuos es exponencial. En Argentina desde el año 2005 por ejemplo, se conoce que cada persona produce en promedio 1 kg de basura por día, y se espera que en 20 años ese número se eleve a 1,25 kg por persona por día. El tratamiento de estos residuos representa no solo un verdadero problema medio ambiental sino también un problema de salud humana. Colaborar en la diminución de residuos implica un compromiso importante de cada persona. Adoptar prácticas tan simples como llevar sus propias bolsas al supermercado, comprar productos sin exceso de embalaje, preferir productos con envases biodegradables, consumir productos con envase retornable, etc. puede marcar una diferencia notable en nuestra producción diaria de residuos.


Identificar nuestros malos hábitos de consumo es imprescindible para mejorar nuestra calidad de vida y de nosotros depende corregir o mejorar nuestro impacto en el medio ambiente.


Dato: Existen numerosos consejos para reducir residuos, click aquí.

viernes, 6 de abril de 2012

El Arca: productores y consumidores en el mismo barco


Por: Pablo Fernandez S. El Arca es un proyecto cooperativo y solidario que nació en 2005 en Mendoza, Argentina, fruto de una experiencia llamada Escuela de Emprendedores. Esta iniciativa que promueve el desarrollo local en comunidades urbano-marginales de la ciudad de Mendoza, ha tenido un gran éxito en la capacitación y apoyo para la puesta en marcha de emprendimientos de interés social. La misma busca reforzar los valores de dignidad en el trabajo, rescatando la interacción directa entre productor y consumidor beneficiando no solo la distribución equitativa del ingreso sino también a la valoración del trabajo agrícola y artesanal.

Como toda gran idea, El Arca nació de una necesidad, la de pequeños productores en busca de nuevas oportunidades de mercado en sintonía con las necesidades reales de los consumidores, sin depender de intermediarios ni de macro redes de distribución. El proyecto sigue los lineamientos del comercio justo, sustentado en valores como la solidaridad, la cooperación y el respeto entre los componentes de la cadena productiva. Así, El Arca comercializa sus productos y servicios en una red constituida por familias consumidoras responsables, empresas con responsabilidad social y comercios minoristas que apoyan la propuesta. De esta forma se permite concientizar a los consumidores sobre el impacto y el beneficio que produce en las familias productoras, promoviendo una distribución equilibrada en el ciclo económico y ambiental.

Sin embargo, la clave del éxito de El Arca es un elemento esencial en todo emprendimiento económico, la calidad de los productos. Comprar productos distribuidos por El Arca es sinónimo de calidad  a precio justo y razonable, de acuerdo al mercado tradicional. Esto permite lograr una fidelización del  consumidor y un reconocimiento al esfuerzo de emprendedores que se esfuerzan por conservar la calidad de sus productos, creando una cadena productiva sustentable que genera trabajo y desarrollo local.

Actualmente, El Arca cuenta con el apoyo de más de 130 emprendedores y comercializa productos que incluyen alimentos como miel, panificados, salsa de tomate y dulces; artesanías locales y telares huarpes; textiles como uniformes de trabajo y manteles y servicios varios (catering empresarial e intercambio artístico). El mercado de El Arca incluye a consumidores responsables (redes de Familias asociadas), empresas, instituciones públicas y vecinos.

Todas estas actividades se llevan a cabo sin dejar de lado el aspecto cultural. De hecho, la organización cuenta además con un lugar de encuentro y recreación para los emprendedores culturales y una Finca para promover el turismo rural, donde se organizan fiestas tradiciones y se puede disfrutar de pases campestres y comidas típicas.

El Arca de Mendoza se presenta como una alternativa válida e innovadora de comercio justo, que distribuye su éxito y participa en el desarrollo transversal de cientos de personas, emprendedores y consumidores responsables.

Más información: www.elarcamendoza.com.ar/

martes, 3 de abril de 2012

El ser humano, el ambiente, el automóvil


Por: Pablo Fernandez S. Esencia misma del ser humano, el desafío existe y exige constantemente la superación en todos los niveles, desde la adaptación, al control y manejo de su entorno para su propio beneficio. Con esta consigna la humanidad a logrado evolucionar de una manera sorprendente en poco más de dos siglos sobre todo con la aparición de la tecnología. Así el Hombre pudo vencer un gran adversario: la distancia, a través de las comunicaciones y el transporte.

Lo que hace no más de 80 años era impensado hoy parece absolutamente normal, en menos de 24 horas podemos viajar de un extremo al otro del planeta por lo que trasladarse dejó de ser un problema hace mucho tiempo. Casi sin reflexionar aprendimos a movilizarnos por tierra, aire y mar, adueñándonos de cada trayecto, bajo la premisa de más rapidez, más eficiencia, más distancia, menos tiempo. Este hecho notable contribuyó a crear una nueva sociedad, globalizada y más homogénea, afianzada en un Modelo de desarrollo idealizado desde Occidente. La comunicación hizo el resto.

Lo que este Modelo no tuvo en cuenta es que en la Tierra todo funciona con energía, y para generarla se necesita…energía. Según algunos datos estadísticos, actualmente circulan en el mundo unos 800 millones de automóviles de los cuáles un 95% utiliza energías fósiles para funcionar. Como si fuera poco, se estima que la flota mundial se incrementa de 50 millones de nuevas unidades por año, y si se tiene en cuenta que cada vehículo consume alrededor de un barril de petróleo al mes, la demanda de carburante crece en 2 millones de barriles por día.

¿Preocupación ambiental? Preocupación económica.

Por supuesto existe una gran preocupación respecto a este dilema, pero es una inquietud sobre todo económica. Según el consumo actual, las reservas fósiles del planeta se extinguirán en 2040. Si consideramos que la flota automotor mundial no está acondicionada para utilizar otra forma de impulsión que no sea de tipo carburante líquida, lo que repercute en los precios (aumento) e influye en otros ámbitos de poder notamente la geopolítica (conflictos de interés), la intranquilidad es entendible. Control energético y guerra son términos asociados.

Para apalear esta diatriba las políticas actuales globales de energía se centran en la búsqueda de nuevas alternativas principalmente “limpias” y “renovables”. En este contexto, desde los años `70 principalmente, los biocombustibles han sido considerados por muchos analistas como una excelente herramienta para luchar contra el cambio climático y sobre todo, para hacer frente al agotamiento del petróleo. Así, otras fuentes de energía como el biodiesel, el biogás, la electricidad y el hidrógeno están en pleno desarrollo e investigación. Inclusive, en algunos países existe un importante porcentaje del parque automotor que utiliza medios de impulsión menos contaminantes (GNC en Argentina, etanol en Suecia, por ejemplo). La demanda es tan alta, que países como Brasil han direccionado su desarrollo hacia la producción de biocombustibles.

Lo que resulta sorprendente, al margen de una multitud de trabajos publicados (Farrell, et al., 2006; Wang, Saricks, Santini, 1999; Ballenilla F. & Ballenilla M.; Lorenz, Morris, 1995; Estevan 2008; Carpintero, 2006) a favor y en contra de esta solución energética milagrosa ampliamente mediatizada por Al Gore, es que pocos puntualizan en el consumo. Increíble, ya que al margen de la introducción de los biocombustibles ecofriendly u otras formas de energía limpias en el transporte, la producción mundial es notoriamente menor a la demanda y por ende, los biocombustibles solo sirven y servirían para suplir y no para reemplazar los carburantes de fuentes fósiles.

El Modelo económico en el centro del problema.

“Si cada vez más personas tienen acceso al automóvil es porque el Modelo económico global permite que la tecnología este al alcance de un número mayor de personas”, afirman algunos economistas de la línea rostowiana Con esta idea se creó una necesidad que hace 50 años cuando el automóvil se masificó, no existía, y hoy forma parte del estilo de vida de al menos 20% de la población mundial y sigue creciendo. Este Modelo no considera que la transversalidad del desarrollo no juega necesariamente a favor, cuando el balance ecológico es afectado negativamente. Si se toma en cuenta que el consumo de combustibles fósiles necesita energía para su extracción, modificación, producción, transporte, y se producen emisiones de CO2 (ampliamente contaminantes aún antes de llegar a la estación de servicio), las cuentas son claras: transportarnos es deficitario. El medio ambiente nunca fue considerado seriamente en el balance económico.

En el siglo XXI, tristemente, este dilema energético desvela otro hecho particular en el ser humano: su falta de solidaridad. No considerar al componente ambiental en cada una de las actividades que realizamos como sociedad es un acto de egoísmo. No se trata de contaminar menos o ser menos individualista en nuestras acciones, se trata de reconsiderar un Modelo que no ataca el consumo, por ende el problema más grave de la sociedad moderna. Los biocombustibles no son la solución para enfrentar el agotamiento de combustibles fósiles, ni siquiera lo es el hidrógeno, ni la electricidad ni la energía solar. El calentamiento global es un problema mayor. La solución pasa por consumir lo necesario, lo justo, y abandonar un modo de vida que privilegia al individuo sobre su entorno. Vivir sin preocuparse por el “otro” es vivir “del” otro y esto lo sabemos bien, no dura para siempre.

La conciencia ambiental nace del miedo a ser partícipes de un problema, aunque lamentablemente, para una mayoría el problema es de los otros.