lunes, 30 de abril de 2012

Aprender de la historia para entender el desarrollo sostenible


Por: Pablo Fernandez S. Uno de los principales aportes de la historia es la oportunidad que nos brinda para aprender de los errores del pasado. Desgraciadamente, el ser humano a veces no tiene intenciones de modificar comportamientos adquiridos que pongan en peligro su forma de vida y menosprecia sus propias erudiciones. En este sentido, su inter relación con el medio ambiente es una muestra clara de este proceder, privilegiando siempre la calidad de vida por encima de costumbres amigables con el entorno, que exige imperiosamente una nueva actitud frente al calentamiento global.

Aprender de las catástrofes naturales provocadas por el Hombre es el primer paso para modificar nuestras costumbres, algo que a la vista parece ser bastante complejo. Para entenderlo, es necesario acentuar que existe una percepción equivocada generalizada respecto a la amplitud de una catástrofe industrial o tecnológica ligada a una cuantificación tergiversada. El impacto que tienen estas sobre el medio ambiente se mide comúnmente en base a su extensión o espectacularidad, a pesar de que cada una es diferente en su causa y en su efecto, un error que aún no se ha podido corregir. En consecuencia el resultado final es el mismo: el medio absorberá el impacto y se reconstituirá a si mismo o, en el peor de los casos para nosotros, será nuestra responsabilidad hacerlo.

De manera incorrecta los desastres causados por el Hombre siguen siendo objeto de valoraciones subjetivas que impiden desarrollar una sensibilización ambiental oportuna y eficaz para influir positivamente en nuestro accionar. Esta falta de sentido común a veces no solo no ayuda a mitigar los efectos de una catástrofe sino que además agrava su impacto. Un accidente industrial por ejemplo, puede provocar un enorme perjuicio económico cuantificable en infraestructura, pero puede además afectar indefinidamente el aire, el suelo, el agua y los ecosistemas de una región, como el caso de las catástrofes nucleares de Tchernobyl (1986) y Fukushima (2011). Estos serán igualmente elementos de consideración, que deberían incluirse metódicamente en el valor potencial de impacto en el entorno, de modo que las acciones a nivel de sensibilización ambiental posteriores sean acordes a su efecto.

Sin embargo, el problema de la estimación precisa de una catástrofe industrial considerando el efecto social (shock psicológico, traumatismos, angustia), las pérdidas humanas, la pérdida de biomasa y la alteración del equilibrio de la flora y fauna de la zona crítica, sigue siendo subjetiva. Este razonamiento se encuentra estrechamente ligado a la sensibilidad humana que varía según la manera en que se perciba una catástrofe, consideremos un accidente nuclear (Three Mile Island), un accidente químico (Seveso en Italia en 1976, Bhopal en India en 1984) o un vertido de petróleo (Exxon Valdez en 1989 y Erika en 1999). En este contexto, la mediatización de estos accidentes ha incidido ampliamente en las lecciones aprendidas. Mientras que para nadie resulta desconocido el nombre de los cargueros Exxon Valdez y Erika involucrados en dos horrores ecológicos, pocos recuerdan aquellos ligados al Sea Star (1972), al Odyssey (1988), al ABT Summer (1991), al Atlantic Empress (1979) o al Jakob Maersk (1975).

Es evidente que las catástrofes delimitadas a un espacio reducido son más fáciles de mediatizar y aquellas que impactan en la opinión pública no son necesariamente las de mayor impacto socio-ambiental. Basta considerar la explosión del Challenger en 1986 contra el derrame de cianuro de Aurul en el año 2000 por citar solo un ejemplo. Algunos desastres son visibles, otros sutiles y otros son calificados a veces como bombas de tiempo, por lo que no todos son tomados en cuenta con la seriedad que implica cada caso. La calificación de un desastre natural entonces no es un tema menor, y de allí se entiende que aún genere diferencias entre los expertos ambientales pese a que es un elemento absolutamente necesario para reforzar el concepto de desarrollo sostenible. La escala de valoración común que se extiende desde accidente, desastre, hasta catástrofe, provoca un efecto distinto en la percepción general de una sociedad y en la toma de decisiones ulteriores. Por ese motivo es tan importante entender la amplitud de un desastre a partir de nuestro pasado.  

La historia es la base del desarrollo sostenible. Una mejor comprensión de los desastres industriales provocados por el Hombre permite reforzar la legislación ambiental y actuar en consecuencia para mejorar la gestión de la actividades susceptibles de provocar impactos en el medio ambiente. Aprender de la historia permite desarrollar mecanismos más eficaces de prevención, intervención y adecuación, pero además permite formar, sensibilizar y educar al conjunto de la sociedad. Las catástrofes sirven a menudo para poner en tela de juicio los modelos de desarrollo, y esto definitivamente no puede ser desaprovechado.

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