martes, 3 de abril de 2012

El ser humano, el ambiente, el automóvil


Por: Pablo Fernandez S. Esencia misma del ser humano, el desafío existe y exige constantemente la superación en todos los niveles, desde la adaptación, al control y manejo de su entorno para su propio beneficio. Con esta consigna la humanidad a logrado evolucionar de una manera sorprendente en poco más de dos siglos sobre todo con la aparición de la tecnología. Así el Hombre pudo vencer un gran adversario: la distancia, a través de las comunicaciones y el transporte.

Lo que hace no más de 80 años era impensado hoy parece absolutamente normal, en menos de 24 horas podemos viajar de un extremo al otro del planeta por lo que trasladarse dejó de ser un problema hace mucho tiempo. Casi sin reflexionar aprendimos a movilizarnos por tierra, aire y mar, adueñándonos de cada trayecto, bajo la premisa de más rapidez, más eficiencia, más distancia, menos tiempo. Este hecho notable contribuyó a crear una nueva sociedad, globalizada y más homogénea, afianzada en un Modelo de desarrollo idealizado desde Occidente. La comunicación hizo el resto.

Lo que este Modelo no tuvo en cuenta es que en la Tierra todo funciona con energía, y para generarla se necesita…energía. Según algunos datos estadísticos, actualmente circulan en el mundo unos 800 millones de automóviles de los cuáles un 95% utiliza energías fósiles para funcionar. Como si fuera poco, se estima que la flota mundial se incrementa de 50 millones de nuevas unidades por año, y si se tiene en cuenta que cada vehículo consume alrededor de un barril de petróleo al mes, la demanda de carburante crece en 2 millones de barriles por día.

¿Preocupación ambiental? Preocupación económica.

Por supuesto existe una gran preocupación respecto a este dilema, pero es una inquietud sobre todo económica. Según el consumo actual, las reservas fósiles del planeta se extinguirán en 2040. Si consideramos que la flota automotor mundial no está acondicionada para utilizar otra forma de impulsión que no sea de tipo carburante líquida, lo que repercute en los precios (aumento) e influye en otros ámbitos de poder notamente la geopolítica (conflictos de interés), la intranquilidad es entendible. Control energético y guerra son términos asociados.

Para apalear esta diatriba las políticas actuales globales de energía se centran en la búsqueda de nuevas alternativas principalmente “limpias” y “renovables”. En este contexto, desde los años `70 principalmente, los biocombustibles han sido considerados por muchos analistas como una excelente herramienta para luchar contra el cambio climático y sobre todo, para hacer frente al agotamiento del petróleo. Así, otras fuentes de energía como el biodiesel, el biogás, la electricidad y el hidrógeno están en pleno desarrollo e investigación. Inclusive, en algunos países existe un importante porcentaje del parque automotor que utiliza medios de impulsión menos contaminantes (GNC en Argentina, etanol en Suecia, por ejemplo). La demanda es tan alta, que países como Brasil han direccionado su desarrollo hacia la producción de biocombustibles.

Lo que resulta sorprendente, al margen de una multitud de trabajos publicados (Farrell, et al., 2006; Wang, Saricks, Santini, 1999; Ballenilla F. & Ballenilla M.; Lorenz, Morris, 1995; Estevan 2008; Carpintero, 2006) a favor y en contra de esta solución energética milagrosa ampliamente mediatizada por Al Gore, es que pocos puntualizan en el consumo. Increíble, ya que al margen de la introducción de los biocombustibles ecofriendly u otras formas de energía limpias en el transporte, la producción mundial es notoriamente menor a la demanda y por ende, los biocombustibles solo sirven y servirían para suplir y no para reemplazar los carburantes de fuentes fósiles.

El Modelo económico en el centro del problema.

“Si cada vez más personas tienen acceso al automóvil es porque el Modelo económico global permite que la tecnología este al alcance de un número mayor de personas”, afirman algunos economistas de la línea rostowiana Con esta idea se creó una necesidad que hace 50 años cuando el automóvil se masificó, no existía, y hoy forma parte del estilo de vida de al menos 20% de la población mundial y sigue creciendo. Este Modelo no considera que la transversalidad del desarrollo no juega necesariamente a favor, cuando el balance ecológico es afectado negativamente. Si se toma en cuenta que el consumo de combustibles fósiles necesita energía para su extracción, modificación, producción, transporte, y se producen emisiones de CO2 (ampliamente contaminantes aún antes de llegar a la estación de servicio), las cuentas son claras: transportarnos es deficitario. El medio ambiente nunca fue considerado seriamente en el balance económico.

En el siglo XXI, tristemente, este dilema energético desvela otro hecho particular en el ser humano: su falta de solidaridad. No considerar al componente ambiental en cada una de las actividades que realizamos como sociedad es un acto de egoísmo. No se trata de contaminar menos o ser menos individualista en nuestras acciones, se trata de reconsiderar un Modelo que no ataca el consumo, por ende el problema más grave de la sociedad moderna. Los biocombustibles no son la solución para enfrentar el agotamiento de combustibles fósiles, ni siquiera lo es el hidrógeno, ni la electricidad ni la energía solar. El calentamiento global es un problema mayor. La solución pasa por consumir lo necesario, lo justo, y abandonar un modo de vida que privilegia al individuo sobre su entorno. Vivir sin preocuparse por el “otro” es vivir “del” otro y esto lo sabemos bien, no dura para siempre.

La conciencia ambiental nace del miedo a ser partícipes de un problema, aunque lamentablemente, para una mayoría el problema es de los otros. 

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