viernes, 29 de junio de 2012

Lo que se llevó el Rio


Por: Pablo Fernandez S. Pasaron veinte años para que se reencontraran otra vez dirigentes políticos y ambientalistas a discutir sobre un tema en boga: el futuro del planeta. Rio de Janeiro celebró veinte años después el tan esperado aniversario con un auténtico fracaso. De nada sirvieron los encuentros diplomáticos previos ni los deseos de Ban Ki Moon. Cuando se trata de intereses económicos, nada es más importante.

Rio+20 nació con optimismo. Numerosas publicaciones científicas recientes habían logrado convencer, inclusive a los más fervientes “enemigos verdes” entre los cuáles no solo se encontraban empresarios sino políticos y científicos, que el cambio climático es una realidad, y esta realidad esta estrechamente ligada a las actividades antropogénicas. Una esperanza, ya que además esta vez a diferencia de la I Cumbre de Rio en 1992, el tema no iba a ser tratado como un conflicto norte-sur, sino mundial, dándole legitimidad y voz a los países emergentes.

Las Naciones Unidas promocionaron la Cumbre como una oportunidad única para lograr el entendimiento entre sus miembros a nivel de desarrollo sostenible, aunque sabían que los compromisos que presentaron tendrían poca o nula banca entre los países más industrializados. Así el texto "El Futuro que queremos" salió al ruedo mucho antes que Obama y el resto pusieran un pie en Brasil y los tres pilares sobre los que se apoyaba (sustentabilidad, desarrollo económico y social) no convencieron a nadie.

El rechazo fue tan evidente que el documento tuvo que ser negociado directamente por Brasil y su armada diplomática para tratar de seducir a todos mediante modificaciones o recomendaciones de última hora. El diálogo no prosperó y cada parte consultada se dio el lujo de divulgar el fracaso colectivo, el texto se presentará así declaró Juan Manuel Santos, presidente de Colombia.

Sumado al rechazo eterno de Estados Unidos, la UE calificó al texto de poco ambicioso, una gran parte de países ni se dio por enterada mientras que algunos representantes latinoamericanos como Evo Morales vieron en él una nueva forma de colonialismo a través del impulso de la Economía Verde. Unos se quejaron por la falta de programas y estrategias concretas para financiar modelos de desarrollo sostenibles en países el Tercer Mundo, otros por considerar que la responsabilidad inicial recae siempre en el que más contamina y por ende, el que más tiene que pagar.

Las reuniones se encadenaron y los diplomáticos brasileños se desdoblaron para lograr consenso, pero ya era tarde, los primeros presidentes ya se encontraban en Rio listos para la foto de gala. Cuando comenzó la Conferencia el optimismo fugaz de Ban Ki Moon se terminó de evaporar completamente. Dirigentes, científicos y cientos de representantes de ONG y organizaciones sociales ya sabían que el documento, débil, difuso y sin expectativas, iba a pasar sin pena ni gloria. El encuentro de la oportunidad terminó de desinflarse inclusive en el primer día, cuando las discrepancias eran tan grandes que no se podían siquiera disimular. Como una película con un final anunciado las esperanzas se diluyeron progresivamente.

¿Que se pudo rescatar de Rio+20? la excelente atención de los brasileños, la organización del evento acorde a las circunstancias, las instalaciones de primer mundo, etc. Al margen de las intenciones, verídicamente, no se pudo alcanzar ningún acuerdo de mediana envergadura, solo intensiones para solucionar algunas cosas en los próximos años y una Declaración llena de buenas intenciones y sin acciones concretas ni medidas que puedan hacer alguna diferencia.

¿El Futuro Que queremos? quedó en nada, en un intento etéreo de pensar que aún somos capaces de cambiar, de pensar altruistamente en las generaciones futuras.

Hoy quedó más que claro que el desarrollo y el progreso no pueden detenerse por tonterías como el cambio climático, el efecto invernadero, los desastres ambientales, el desequilibrio ecológico, el aumento del nivel del mar, la aparición de nuevas enfermedades o la desaparición de especies, quedó la sensación que los más poderosos siguen convencidos que el mundo aún nos pertenece y podemos hacer lo que queramos con él sin consecuencias.

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