jueves, 27 de septiembre de 2012

Empresas y ONG: una relación necesaria


Por: Pablo Fernandez S. Analizando la historia reciente, se podría decir que el cambio más notorio que se ha producido en los últimos veinte años en la relación empresas - ONG es el reconocimiento sincero por parte del sector privado, de las competencias y capacidades de los profesionales del tercer sector. Lo destacable de este fenómeno que se encuentra aún en plena evolución, es la desaparición de algunos prejuicios que solían impedir la construcción de esa sinergía tan necesaria para acelerar la puesta en marcha de programas de desarrollo exitosos, un verdadero triunfo del pragmatismo.

En efecto la prueba tangible de esta convergencia salta a la vista. La presencia tanto en encuentros nacionales como internacionales (vinculados con el desarrollo sostenible o el medio ambiente esencialmente), de una amplia gama de representantes de medios privados y no gubernamentales que discuten en conjunto sobre nuevas metodologías y tendencias es cada vez más común. Lógicamente, estos encuentros han permitido atenuar divergencias y construir, en base a la experiencia acumulada de cada actor, nuevas prácticas de desarrollo social, ambiental pero también económico.

No obstante, el punto más interesante de esta nueva configuración de trabajo tiene que ver con el futuro. Es que el potencial de esta relación es realmente interesante en cuanto al aprovechamiento pleno de las competencias que cada actor puede aportar desde su posición. Por eso ya no sorprende encontrar profesionales con experiencia en el medio asociativo al servicio de grandes empresas o trabajando como consultores de proyectos de RSE de todo tipo y alcance. El valor agregado de esta colaboración se apoya en la posibilidad de compartir capital humano, de forma que las ONG (asociaciones, fundaciones, etc.) se conviertan en una suerte de brazos sociales de empresas con las cuales comparten valores similares.

Los beneficios de este sistema donde el capital inmaterial permite optimizar las políticas societarias son evidentes. Las alianzas, se sabe, mejoran la comunicación y sobre todo contribuyen enormemente a reforzar la innovación a través de la mejor distribución de recursos y a la adaptación de estrategias. De esta forma las empresas se ven favorecidas al lograr un mayor impacto de sus programas de RSE y las ONG al recibir recursos económicos y administrativos que les permitan crecer vertical y horizontalmente.

Esta suerte de entendimiento funciona finalmente como una palanca de transformación que permite generar un economía más inclusiva disminuyendo el impacto ambiental, evitando la relocalización y sobre todo reforzando la coherencia de los objetivos de unos y otros. Los resultados de muchas empresas que trabajan en estrecha relación con ONG pero también con asociaciones y fundaciones de desarrollo son sorprendentes. La divulgación de los mismos en foros, simposios y conferencias contribuye igualmente a su aceptación. El Foro Mundial Convergencias 2015 celebrado recientemente en París fue la mejor muestra de esta realidad para todos los que tuvimos la suerte de asistir y discutir con sus exponentes.

Estos nuevos "puentes de trabajo" han favorecido asimismo la construcción de las condiciones idóneas necesarias para implicar de lleno a los sectores privados más reacios y adeptos del “all profit”, mutando la visión filantrópica de sus actividades (lo que es una muy buena noticia). Lamentablemente esta tendencia se restringe sobre todo a la realidad europea y no goza todavía de una aceptación plena en nuestro continente, por lo que en nuestro caso habría que preguntarse seriamente donde nos encontramos en este aspecto. Lo único cierto es que la sociedad latinoamericana esta cambiando su forma de pensar en cuanto a sus demandas sobre respeto, desarrollo y medio ambiente, eso lo sabemos. Ahora… ¿no sería conveniente que el sector empresarial en sentido amplio, busque convergencias con el tercer sector para hacer frente más eficientemente a este pedido?.

viernes, 21 de septiembre de 2012

El rol de las empresas en el desarrollo


Por: Pablo Fernandez S. Si bien la Responsabilidad social (RSE) sigue posicionándose lentamente en el accionar privado todavía existen algunas barreras que impiden no solo el avance sino la optimización de los programas que se llevan a cabo. Gracias a la globalización y al networking, entre otros, algunas de estas dificultades están siendo estudiadas en conjunto y gracias a ello ya es posible en algunos casos sacar conclusiones. Las experiencias vienen en este caso desde Europa y nos ayudan a comprender mejor el rol de las empresas en el desarrollo.

En primer lugar durante el proceso, según los especialistas, la primera dificultad que se sigue presentando al momento de iniciar un programa de RSE es la “justificación del porqué se lleva a cabo”. Es que lejos de aceptar esta modalidad como parte integral de cualquier acción generadora de bienes y servicios, aún persiste a lo largo y ancho del sector privado una recurrencia a justificar (ante los inversionistas, dirección, accionistas) cualquier tipo de compromiso asumido en materia social. Este hecho genera de forma indirecta una carga anímica extra en los emprendedores o ejecutivos que, en algunos casos, no están dispuestos a asumir en solitario. En esta realidad la RS sigue siendo una acción filantrópica.

En segundo lugar, para que un programa de RSE surta efecto positivo en el corto o mediano plazo y sirva entonces para convencer a los inversionistas de su importancia, es necesario aplicar una ingeniería transversal en el seno de la empresa. Esta etapa puede convertirse en un dolor de cabeza si no se lleva a cabo en tiempo y forma lo que puede conducir a una mal interpretación de su finalidad. Por eso se recomienda que la inversión inicial debe ser destinada principalmente al fortalecimiento de la coordinación de actividades. Ante ello, los programas más exitosos apuntan a la innovación tecnológica y técnica que permita involucrar a todos los actores (inversores, colaboradores, accionistas y personal) y logre instaurar un compromiso conjunto.

En tercer lugar, existe todavía un problema de legitimidad. El origen del mismo tiene estrecha  relación con el cuestionamiento ético que significa responder la pregunta ¿cuál debe ser el interés de las empresas en la lucha contra la pobreza? Durante el proceso de reflexión que amerita este escenario suelen surgir argumentos y disputas que ponen en el tapete el valor de una inversión enteramente social. De hecho en el sector privado se considera aún que el rol de un emprendimiento económico es generar crecimiento pero corresponde al Estado luchar contra la pobreza. En este contexto claro está muchos empresarios suelen dudar ante el verdadero papel que tiene la empresa como generadora de riqueza y la necesidad real de involucrarse en programas que tiendan a mejorar la calidad de vida de las personas.

Ante esta disyuntiva la experiencia nos dice que la legitimidad de una empresa debe basarse primero en su propia coherencia (respeto de normas, pago de impuestos, pago de cargas sociales, trabajo en blanco, etc.) para emprender cualquier tipo acción socio-ambiental. En efecto esto se basa en el hecho de que si existe una armonía interna, lo más probable es que la demanda de compromiso social provenga sobre todo desde el seno de la empresa, lo que termina convirtiéndose en el verdadero valor agregado (según la relación inversión – retorno).

Este tipo de sinergía responde evidentemente a una nueva forma de concebir el desarrollo. En este sentido es importante recalcar que el rol de las empresas ha ido evolucionando a través del tiempo en un sector en el cuál, por ejemplo, los empresarios sociales constituyen el fenómeno más reciente. Por consiguiente las relaciones de la empresa con la sociedad también han cambiado y hoy forman parte de un proceso de constitución social que involucra necesariamente a otros actores y factores (leyes, normas, certificaciones de calidad).

De esta forma ante las nuevas configuraciones que responden a una demanda muy fuerte de la sociedad, la experiencia dice que la creación de alianzas para compartir competencias técnicas y conocimientos es la mejor salida. Al fin y al cabo la responsabilidad de la distribución de la riqueza y la lucha contra la pobreza es compartida.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

La importancia de la relación empresa-comunidad


Por: Pablo Fernandez S. Hace un tiempo un empresario me comentaba que entre sus más grandes preocupaciones se encontraba la mala imagen que tenía su empresa en la comunidad donde se localizaba. Recuerdo en particular una de sus frases: “la gente de esta zona no entiende que nosotros trabajamos para generar beneficios y que si nos va bien podemos crear puestos de trabajo que al final también los beneficiarán a ellos”. Cuando yo le pregunté cuáles habían sido sus aportes que su empresa había hecho a la comunidad el me contestó “les damos trabajo”.

Sí, todavía existen muchos emprendedores que siguen creyendo que aportar o retribuir a la comunidad se limita a cumplir con sus obligaciones fiscales en tiempo y forma. Esto es un grave error, principalmente porque bajo este enfoque se considera a la comunidad y al medio ambiente como meros actores secundarios ajenos al ejercicio empresarial per se. Bajo esta línea las ganancias de una actividad se valorarían unidireccionalmente perdiendo la noción de sinergía o feedback tan necesaria para el establecimiento y crecimiento sostenible de cualquier actividad.

No debe sorprender, si se tiene esta visión de lo que significa retribución, que la empresa tenga una mala imagen en su zona de acción. En este aspecto hay que recordar que la gente construye su propio retrato de una empresa en base a múltiples factores (trato laboral, trato humano, compromiso medioambiental, respeto jurídico, etc.) pero sobre todo se basa en aquello que puede “ver” o "comprobar" tácitamente. Si la empresa cumple con todos los requisitos de una iniciativa modelo tanto los clientes como la comunidad deben saberlo. Es allí donde prima por una parte la capacidad que tenga la empresa para comunicar sus aportes y, evidentemente, los programas o proyectos que lleve a cabo en beneficio directo de la comunidad.

Esta reflexión tan básica es por tanto aún desconocida en muchos círculos de empresarios y emprendedores acuñados a la vieja escuela. Se ignora que la imagen que proyecte una empresa será tarde o temprano culpable de su éxito o fracaso. Porque si bien es cierto que la calidad del producto o servicio siguen siendo importantes, también lo es la aceptación que tenga en el seno de la comunidad en la cuál se realizan sus actividades, y esto depende de cuán bien se logre difundir aquellas buenas acciones sociales (que deben ser más inclusivas que la simple "generación de puestos de trabajo").

Trabajar con la comunidad no es una tarea fácil pero puede ser muy enriquecedora desde varios puntos de vista. La mala fama o la mala relación entre la empresa y la comunidad pueden ser signos de problemas de todo tipo que deben ser solucionados a priori y nos pueden evitar muchos dolores de cabeza. Es necesario entonces considerar estos aportes como partes imprescindibles de cualquier evaluación para, si amerita, redireccionar la estrategia.

Mejorar la relación empresa - comunidad debe ser en cualquier caso una prioridad absoluta en vistas de cualquier intento de desarrollo o expansión, ya que al fin y al cabo la acogida dependerá siempre de esta interacción.