viernes, 21 de septiembre de 2012

El rol de las empresas en el desarrollo


Por: Pablo Fernandez S. Si bien la Responsabilidad social (RSE) sigue posicionándose lentamente en el accionar privado todavía existen algunas barreras que impiden no solo el avance sino la optimización de los programas que se llevan a cabo. Gracias a la globalización y al networking, entre otros, algunas de estas dificultades están siendo estudiadas en conjunto y gracias a ello ya es posible en algunos casos sacar conclusiones. Las experiencias vienen en este caso desde Europa y nos ayudan a comprender mejor el rol de las empresas en el desarrollo.

En primer lugar durante el proceso, según los especialistas, la primera dificultad que se sigue presentando al momento de iniciar un programa de RSE es la “justificación del porqué se lleva a cabo”. Es que lejos de aceptar esta modalidad como parte integral de cualquier acción generadora de bienes y servicios, aún persiste a lo largo y ancho del sector privado una recurrencia a justificar (ante los inversionistas, dirección, accionistas) cualquier tipo de compromiso asumido en materia social. Este hecho genera de forma indirecta una carga anímica extra en los emprendedores o ejecutivos que, en algunos casos, no están dispuestos a asumir en solitario. En esta realidad la RS sigue siendo una acción filantrópica.

En segundo lugar, para que un programa de RSE surta efecto positivo en el corto o mediano plazo y sirva entonces para convencer a los inversionistas de su importancia, es necesario aplicar una ingeniería transversal en el seno de la empresa. Esta etapa puede convertirse en un dolor de cabeza si no se lleva a cabo en tiempo y forma lo que puede conducir a una mal interpretación de su finalidad. Por eso se recomienda que la inversión inicial debe ser destinada principalmente al fortalecimiento de la coordinación de actividades. Ante ello, los programas más exitosos apuntan a la innovación tecnológica y técnica que permita involucrar a todos los actores (inversores, colaboradores, accionistas y personal) y logre instaurar un compromiso conjunto.

En tercer lugar, existe todavía un problema de legitimidad. El origen del mismo tiene estrecha  relación con el cuestionamiento ético que significa responder la pregunta ¿cuál debe ser el interés de las empresas en la lucha contra la pobreza? Durante el proceso de reflexión que amerita este escenario suelen surgir argumentos y disputas que ponen en el tapete el valor de una inversión enteramente social. De hecho en el sector privado se considera aún que el rol de un emprendimiento económico es generar crecimiento pero corresponde al Estado luchar contra la pobreza. En este contexto claro está muchos empresarios suelen dudar ante el verdadero papel que tiene la empresa como generadora de riqueza y la necesidad real de involucrarse en programas que tiendan a mejorar la calidad de vida de las personas.

Ante esta disyuntiva la experiencia nos dice que la legitimidad de una empresa debe basarse primero en su propia coherencia (respeto de normas, pago de impuestos, pago de cargas sociales, trabajo en blanco, etc.) para emprender cualquier tipo acción socio-ambiental. En efecto esto se basa en el hecho de que si existe una armonía interna, lo más probable es que la demanda de compromiso social provenga sobre todo desde el seno de la empresa, lo que termina convirtiéndose en el verdadero valor agregado (según la relación inversión – retorno).

Este tipo de sinergía responde evidentemente a una nueva forma de concebir el desarrollo. En este sentido es importante recalcar que el rol de las empresas ha ido evolucionando a través del tiempo en un sector en el cuál, por ejemplo, los empresarios sociales constituyen el fenómeno más reciente. Por consiguiente las relaciones de la empresa con la sociedad también han cambiado y hoy forman parte de un proceso de constitución social que involucra necesariamente a otros actores y factores (leyes, normas, certificaciones de calidad).

De esta forma ante las nuevas configuraciones que responden a una demanda muy fuerte de la sociedad, la experiencia dice que la creación de alianzas para compartir competencias técnicas y conocimientos es la mejor salida. Al fin y al cabo la responsabilidad de la distribución de la riqueza y la lucha contra la pobreza es compartida.

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