miércoles, 19 de marzo de 2014

Claves del desarrollo sostenible: La Economía Azul


Por: Pablo Fernández S. Las últimas crisis económicas han servido no solo para exponer la vulnerabilidad del sistema capitalista sino la falta de consenso que existe entre expertos y tomadores de decisión para adoptar en el corto plazo medidas eficientes, concretas y de alto impacto. Y si bien todos parecen acordar que el crecimiento económico debe impulsar la inclusión social respetando los límites naturales del planeta, pocos se atreven a apoyar iniciativas innovadoras que, en muchos casos, cuestionan y se oponen a la actual "infraestructura"  del sistema económico preponderante.

Las estrategias modernas de desarrollo se centran en objetivos ambiciosos que hacen parecer a la lucha contra la desigualdad y la pobreza como un problema más ético que económico. De acuerdo a esta visión, las personas que se encuentran viviendo en condiciones de extrema pobreza son vulnerables no solo por su condición económica sino por la falta de oportunidades y acceso a la movilidad social. No es aceptable que algunos factores socio culturales (discriminación racial, étnica, de género o por castas) por ejemplo, sean condicionantes infranqueables que impidan a un ser humano superarse.

El dilema no se circunscribe entonces a cuestiones de acceso a educación, salud o servicios básicos, sino a causas más profundas, más cercanas a la moralidad y cultura de cada lugar que muchas veces no se tienen en cuenta en el diseño de programas. Por tanto, si el desarrollo sostenible busca que los beneficios del crecimiento económico se compartan transversalmente, (porque éticamente, la sostenibilidad es incluyente con todos los actores de la sociedad) entonces ¿cómo lograr que la inclusión social esté por encima de barreras culturales? Este parece ser un gran desafío para la economía.

Economía verde vs. Economía marrón

La economía marrón, es decir aquella basada en el crecimiento industrial all profit, ha sido la base del sistema capitalista en el mundo desde la Revolución Industrial. Por más de 200 años, este enfoque de desarrollo ha provocado enormes impactos ambientales, algunos de los cuales son catalogados como responsables del calentamiento global y el Cambio Climático, y ha creado enormes desigualdades sociales. El lema de “crecer por crecer” ya no se acepta como viable y muchas voces en el mundo claman por un cambio de paradigma.

En esta línea, sobre todo en los últimos años, los esfuerzos han estado dirigidos hacia una economía más "verde", o basada en el respeto de criterios ambientales. Esta perspectiva económica promueve un desarrollo más acorde con la filosofía de "mitigar el daño inevitable que genera el crecimiento económico" que permita incluir a más personas de manera progresiva. Las iniciativas “verdes” como sabemos, incluyen la adopción de nuevas formas de energía sostenible, la reutilización, el reciclaje, la compensación ambiental (emisión de GEI), y nuevas formas de crear relaciones con la sociedad de forma socialmente responsable.

Sin embargo, las dinámicas de desarrollo actuales hacen ver a la economía verde como un auto viejo que no es capaz de acelerar para avanzar a la misma velocidad. La economía verde es un paso importante, es cierto, pero analizando los resultados no parece ser suficiente basar un nuevo sistema de crecimiento económico mayormente en medidas de mitigación o compensación. Por cuestión de pragmatismo, parece ser necesario reflexionar sobre una mejor manera de lograr que los preceptos de la sostenibilidad se anclen en la sociedad y no solo sean dogmas en boga. 

La economía azul: una interesante alternativa.

Cuando Gunter Pauli planteó su Economía Azul, muchos expertos pusieron en duda la factibilidad y sencillez en su aplicación. En principio, el planteo de una economía de índole "regenerativa o de autogestión" supone que existe una gran consciencia ambiental y un verdadero compromiso social en todos los sectores de la sociedad. Esto implica que cada componente es responsable de buscar soluciones para atender sus necesidades sin comprometer los recursos generales, suponiendo un cambio de sistema, un enfoque radical que minimice al máximo el impacto socio ambiental.

Esta noción se contrapone en parte a la economía verde porque considera que mitigar permite de alguna forma “seguir contaminando”, es decir, seguir promoviendo el uso de parches para un problema que sigue creciendo.

Por otro lado, cuando se piensa en economía verde se piensa en grandes inversiones para mejoramiento o cambio de infraestructura, equipos e innovación que no hacen viable el compromiso empresarial. Si no hay generación de riqueza no hay sostenibilidad económica y por ende, no hay empresas exitosas que sean capaces de generar valor a la sociedad. En pocas palabras, este tipo de economía respetuosa del medio ambiente sigue dependiendo en gran parte del crédito y la deuda para mantenerse, pero no necesariamente para innovar y adaptarse a las nuevas condiciones ambientales.

La economía azul representa una alternativa muy diferente. Parte de un concepto bastante revolucionario ya que se basa en la interpretación de la naturaleza para servirse de su conocimiento y alcanzar mejores niveles de desarrollo que sean capaces de generar riqueza. Esta opción promueve la permacultura, la arquitectura bioclimática, el uso de energías alternativas y la reutilización de desechos, entre otros, como vectores de innovación para la generación de empleo y bienestar. La idea no es mitigar sino dejar de afectar el entorno de manera irreversible, en lugar de disminuir el impacto de una acción se trata de cambiar completamente su enfoque, en línea con las leyes que permiten a la naturaleza dominar sus ciclos.

Pauli, en su libro "La Economía Azul", plantea 100 iniciativas en funcionamiento que permiten a sus impulsores resolver problemas sistémicos de manera ágil y eficiente, utilizando recursos naturales de manera sostenible y socialmente responsable. Su principios se basan en leyes físicas (gravedad y uso de la termodinámica natural de cada lugar), uso racional de elementos naturales (agua, biodiversidad, aire y suelo), la degradabilidad natural y la comprensión de los sistemas naturales para valorar los recursos y sus interconexiones. Los resultados expuestos permiten además demostrar su factibilidad y su replicabilidad en otros escenarios.

Esta propuesta, más allá de sus fortalezas y debilidades, permite dimensionar ciertos aspectos importantes del desarrollo sostenible.

Primero, no toda iniciativa puede ser concebida en virtud de problemas económicos o socio ambientales sino se tienen en cuenta elementos culturales y éticos.

Segundo, no se pueden plantear soluciones “verdes”, económicamente inviables, porque estas tendrán poca o nula aceptación entre los tomadores de decisión.
Tercero, la Economía Verde no puede seguir siendo una opción de mitigación, que siga premiando de alguna manera a aquellos que con sus prácticas provocan daños ambientales severos.

Cuarto, es necesario impulsar la sensibilización ambiental y la permacultura como una forma de reforzar el compromiso de los diferentes actores de la sociedad. El conocimiento refuerza el compromiso.

Quinto, la naturaleza es un sistema eficiente que funciona y es capaz de mantener millones de especies sin comprometer sus recursos. Comprender sus misterios e incentivar la investigación podría ser una manera de encontrar nuevas soluciones a los problemas actuales.

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