miércoles, 8 de octubre de 2014

El principio del fin de la obsolescencia programada


Por: Pablo Fernández S. El consumo desmedido de productos manufacturados y materia prima es sin duda el peor legado del modelo de desarrollo que imperó (y aún impera) en el mundo durante los últimos 150 años. Sin proyecciones a futuro, este enfoque absolutamente errado de uso y desuso caló profundo sobre todo en algunas sociedades desarrolladas que hicieron de este su modo de vida. Aún hoy, a pesar de tener herramientas poderosas para acceder a la información y a la vista de las consecuencias del Cambio Climático por ejemplo, sigue imponiéndose un enfoque que nutre de riqueza a ciertas compañías con graves consecuencias para el planeta.

Durante casi un siglo de desarrollo los consumidores fueron acostumbrados a comprar, utilizar y desechar productos en períodos cada vez más cortos de tiempo. La obsolescencia programada, es decir, la programación del fin de un servicio o producto en un tiempo estimado, se instauró progresivamente en los países desarrollados como excusa para impulsar la economía y fortalecer el flujo de capitales. Esta estrategia apoyada en la producción en masa para generar riqueza, fue desarrollada en períodos de crisis económica entre los años '20 y '30 principalmente en Estados Unidos y posteriormente adoptada en casi todo el mundo.

Bajo este modelo las empresas tienen como única finalidad el lucro económico a costa del medio ambiente, el cual se convierte en mero proveedor de recursos y en receptor de desechos. El problema es que la ausencia de estudio y alternativas en el ciclo de vida de los mismos, la real valorización de los componentes y sobre todo la ausencia de una gestión programada y adecuada de los desechos, provocaron toda clase de problemas como la contaminación de ríos, suelos y bosques y hasta la destrucción de paisajes o hábitats naturales.

El factor social también se ve severamente afectado.

Mientras una pequeña parte de la población mundial consume enormes cantidades de recursos de todo tipo (energéticos, minerales, alimenticios, etc.), el resto debe sobrevivir sin acceso a servicios básicos, sufrir el aumento del costo de los alimentos o lidiar con la contaminación ambiental producida por los desechos electrónicos o químicos (ej. India, Somalia, China). El costo de la riqueza de unos se tradujo en desigualdad social, la conflictividad y la pobreza de otros.

No obstante este modelo no hubiera sido eficaz sin el aporte de otros elementos como la comunicación y el marketing. El poder de algunas empresas para generar necesidades y enriquecerse a costa del consumo masivo permitió que algunas de ellas sean hoy incluso más influyentes en el contexto internacional que algunos países. Con el tiempo la obsolescencia se transformó en moda, y el adelanto de la tecnología fue la base propicia para generar una nueva forma de desarrollo irracional y anti sostenible.

Los productos como televisores, computadoras y celulares, son así manufacturados para convertirse "tecnológicamente hablando" en obsoletos en el transcurso de 18 a 36 meses, y luego comercializados a través de artilugios que no justifican la compra. En este contexto los dispositivos que hace 50 años duraban décadas hoy son una reliquia. Con el tiempo se logró reemplazar en la mente de los consumidores el sentido de calidad o durabilidad por el de belleza estética y moda, aumentando el precio de los productos y disminuyendo su valorización.

El mercado de sustitución.

Así, miles de productos salen al mercado en períodos muy cortos de tiempo ofreciendo pocos o nulos avances reales en tecnología que ameriten el cambio o compra. Por el contrario, en el caso de los relacionados con comunicación, el peso real sobre el valor de los mismos suele recaer en elementos de software (aplicaciones) o de estética que confrontan la utilidad manifiesta de seguir el ritmo de la moda y el avance. Esta metodología apunta igualmente a calificar de obsoleto a los productos que no puedan actualizarse o seguir el patrón de consumo.

Casi sin darse cuenta, las personas compran productos con una duración de vida útil reducida, y sin grandes avances a nivel de funcionalidad, dándole además otra dimensión a la palabra "obsoleto".

Ahora bien ¿es necesario comprar un teléfono celular que se convierte en "viejo" al cabo de 6 meses? ¿es justo comprar un celular que al cabo de un año y medio deba ser reemplazado por problemas ligados a la duración de su batería? ¿es justo que el reemplazo de partes dañadas o elementos esenciales sea mas oneroso que comprar uno nuevo? y si esto es correcto ¿es una opción inteligente de desarrollo y consumo?

La obsolescencia programada es uno de los peores inventos de la humanidad, ya que nada que aporte impulso a la economía puede ser tan perjudicial para el medio ambiente. El daño ha sido y es tan grave que ni siquiera la educación ambiental ha logrado crear una conciencia en las sociedades de los países desarrollados (y en desarrollo) para al menos cuestionarse sus hábitos de consumo. De hecho las estadísticas muestran que el consumo mundial sigue en aumento a pesar de las últimas crisis económicas globales.

Obsolescencia programada y Responsabilidad Social (RSE)

Bajo este paradigma la gran pregunta pareciera ser: ¿es justo que una empresa que se enriquece bajo estos estándares de obsolescencia programada sea considerada como social y ambientalmente responsable? ¿hasta donde la poderosa herramienta de la comunicación es capaz de maquillar esta práctica? No hay que olvidar que la obsolescencia programada es un engaño o una estafa al consumidor que compra un bien o servicio sin conocer claramente que el mismo fue diseñado para inutilizarse en un periodo de tiempo predeterminado.

Francia, que impulsa una Ley de Consumo desde hace algún tiempo, ya se encuentra legislando en la Asamblea la introducción del castigo penal a la obsolescencia programada. Este avance ha generado un debate que llegará al Comité Económico y Social de la Unión Europea con buenas perspectivas para que esta práctica sea penada por ley en todo el territorio. Otros países como España ya llevan adelante medidas similares y en el futuro cercano se espera que las empresas deban fundamentar sus modelos de productividad en ciclos de vida cerrados y sostenibles.

Frente a esta pésima herencia la solución quizás sea fomentar la economía circular y la sostenibilidad en todos las etapas de la cadena de actividad. Empezar a castigar severamente este tipo de desarrollo industrial es el primer paso para desterrar la práctica industrial que delimita la utilidad de un producto e impulsa el consumo irracional sin valor agregado real. El valor entonces debería fundamentarse en el tiempo de uso y no en el valor del producto, permitiendo a los consumidores comprender claramente cuanto tiempo disfrutará de su bien con todas las especificaciones al momento de su compra.

Caso contrario, el modelo de comprar una muñeca solo por su sombrero nuevo, seguirá siendo uno de los problemas más importantes para alcanzar el desarrollo sostenible. ¿Estaremos viviendo el principio del fin de la obsolescencia programada?

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